El Experimento Secreto que Convirtió una Ciudad en Laboratorio Humano MK-Ultra: Cuando la CIA Jugó a ser Dios

 


Desde mediados del siglo XX, tras la victoria total de las democracias occidentales sobre los regímenes totalitarios fascistas en Europa y Japón, se consolidó durante algunas décadas en la población occidental la percepción de una seguridad casi incuestionable y de un firme compromiso humanista por parte de sus gobiernos.El nuevo pacto social parecía afianzar a las clases medias, redistribuir recursos y mejorar de forma sostenida el nivel de vida general. No era para menos, si se tiene en cuenta el enorme sacrificio humano que las clases populares habían asumido durante aquel gran conflicto bélico. Dando lugar a un periodo  de relativa calma en el imaginario colectivo, que la intensificación de la guerra fría, y el nuevo equilibrio de poder geopolítico, amenazaba a las Élites gobernantes. Una situación parecida, en parte, a la situación actual que arrancaría ganando intensidad desde el atentado de las torres gemelas del 11 de Septiembre de 2001.  

A finales de los años 50, el presidente Eisenhower, "Ike" para los amigos, dejaría su mandato avisando de lo que venía. Se marchaba un general en jefe de los aliados en la campaña de Europa metido en política. Acostumbrado a hablar francamente, y a mirar a los ojos, como decía Patton de él. El complejo militar industrial ganaba cada día más poder, y fagocitaba más recursos destinados al bienestar de esa población de clase media que despedía una década triunfal. A partir de ahí, todo iba a acelerarse. Ese entramado de intereses entre industria armamentística, inteligencia y poder político empezaba a absorber recursos y a condicionar decisiones estratégicas. El bienestar social y la maquinaria de seguridad comenzaban a competir. En ese contexto paranoico, la CIA, que veía espías Rusos por todas partes e ideaba todo tipo de maldades contra su enemigo geopolítico, iba a conseguir triplicar su personal y sus recursos. Y pasarse lo del humanismo y el buen gobierno, por sus partes pudientes.  Pero bajo esa superficie de prosperidad latía otra dinámica. La Guerra Fría no era simplemente un enfrentamiento ideológico: era una guerra psicológica permanente. Un conflicto sin trincheras visibles, pero con un miedo constante a la infiltración, la traición y el colapso interno. El nuevo equilibrio geopolítico no tranquilizaba a las élites gobernantes; las inquietaba. Si Moscú podía controlar la mente humana, Washington no podía quedarse atrás. 

En 1953, bajo la dirección de Allen Dulles, la CIA lanzó oficialmente el Proyecto MK-ULTRA. El nombre, frío y burocrático, ocultaba una ambición desmesurada: descubrir métodos eficaces para manipular, desestructurar o reprogramar la mente humana. No se trataba solo de interrogar mejor a prisioneros. Se trataba de dominar la conciencia. El temor a que la Unión Soviética hubiese desarrollado técnicas avanzadas de control mental —alimentado por confesiones públicas de prisioneros estadounidenses en Corea— llevó a la inteligencia norteamericana a considerar que cualquier límite ético era secundario frente al riesgo estratégico. 

MK-ULTRA no fue un único experimento, sino una constelación de al menos 149 subproyectos dispersos por universidades, hospitales, prisiones y centros psiquiátricos en Estados Unidos y Canadá.

Muchos investigadores desconocían que trabajaban para la CIA. Las subvenciones llegaban a través de fundaciones pantalla.

Las técnicas empleadas incluyeron:

  • Administración de LSD y otras sustancias psicodélicas sin consentimiento

  • Privación sensorial prolongada

  • Hipnosis combinada con drogas

  • Electrochoques de alta intensidad

  • Aislamiento extremo

  • Técnicas de desorientación psicológica

El LSD se convirtió en la sustancia estrella. La agencia creía que podía actuar como un “suero de la verdad” o como herramienta para fracturar la personalidad. En algunos casos, ciudadanos fueron drogados en bares o reuniones sociales sin saberlo, simplemente para observar su reacción.

El consentimiento informado —pilar de la ética médica tras los juicios de Núremberg— fue ignorado sistemáticamente. Y si ahora nos preguntamos indignados como una Democracia puede llegar a hacer algo así a día de hoy, solo tenemos que mirar hacia el pasado unas cuantas décadas. 

La ironía histórica es brutal: mientras Estados Unidos juzgaba los experimentos médicos nazis, desarrollaba en secreto programas que vulneraban principios similares. Frank Olson, científico del ejército especializado en guerra biológica, fue invitado en 1953 a una reunión en la que, sin su conocimiento, le administraron LSD.

Durante los días siguientes sufrió una crisis psicológica severa.
Poco después, cayó desde la ventana de un hotel en Nueva York.

La versión oficial habló de suicidio.
Décadas más tarde, nuevas investigaciones y la exhumación del cuerpo revelaron indicios que apuntaban a posible homicidio.

Olson se convirtió en el símbolo de una pregunta incómoda:
¿qué ocurre cuando el secreto de Estado se vuelve más importante que la vida humana?  Uno de los episodios más perturbadores tuvo lugar en el Allan Memorial Institute de Montreal, bajo la dirección del psiquiatra Ewen Cameron.

Su objetivo era lo que llamaba “depatterning”: borrar patrones mentales existentes mediante electrochoques intensivos, drogas y aislamiento sensorial, para luego “reprogramar” al paciente.

Algunos sujetos quedaron con secuelas permanentes: pérdida de memoria, deterioro cognitivo, trauma psicológico irreversible.

El proyecto había sido financiado, en parte, por la CIA. 

En 1973, cuando el escándalo Watergate erosionaba la confianza pública en el gobierno, el entonces director de la CIA, Richard Helms, ordenó destruir la mayor parte de los archivos relacionados con MK-ULTRA.

Millones de documentos desaparecieron.

Aun así, una investigación del Senado en 1975 —la Comisión Church— logró rescatar fragmentos del programa. Lo suficiente para confirmar su existencia y sus prácticas.

Nunca hubo condenas penales significativas.
El aparato institucional absorbió el golpe. En el siglo XXI, las herramientas han cambiado.
Ya no se trata solo de drogas y electrochoques.Hoy hablamos de: Manipulación algorítmica, Ingeniería del comportamiento digital, Análisis masivo de datos, y Modelado psicológico a escala poblacional

La pregunta ya no es si se puede alterar la percepción humana.
La pregunta es hasta qué punto ya se está haciendo.

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