La versión oficial es limpia y quirúrgica: un tipo solitario, Lee Harvey Oswald, con un rifle, ejecuta tres disparos. Caso cerrado con un archivo sellado.Pero nadie duerme tranquilo cuando la sangre salpica tan alto y marca un hito en los magnicidios.Kennedy no era solo un presidente. Era una anomalía. Demasiado joven, demasiado rico, demasiado independiente para un sistema que prefiere marionetas previsibles. Tocó demasiados intereses: la CIA, la mafia, los halcones del Pentágono, los exiliados cubanos, los financieros que ya jugaban al ajedrez con países enteros y con sus recursos. Y cuando alguien molesta a demasiados jugadores en la misma mesa, la partida suele terminar con un golpe seco.Lo curioso no es que existan teorías conspirativas. Lo curioso es que la versión oficial tenga más agujeros que un colador.
Testigos que desaparecen. Informes clasificados durante décadas. Trayectorias de bala que desafían la lógica. Un sospechoso que muere antes de poder hablar demasiado.Demasiadas casualidades para un solo día.Y ahí es donde nace el negocio de la sospecha: libros, documentales, expertos de barra de bar y analistas con mucha información pero pocas confirmaciones. Cada uno elige su villano favorito: la CIA, la mafia, Fidel Castro, los soviéticos… incluso teorías más exóticas que dicen más sobre quien las cuenta que sobre lo que ocurrió. Más de sesenta años después, Kennedy sigue muriendo en Dallas cada vez que alguien rebobina la cinta.Hay quien sostiene, con esa convicción febril de quien ha leído demasiados informes desclasificados y ha bebido poco whisky del bueno, que la mano que apretó el gatillo —o que pagó al que lo hizo— no venía de Moscú ni de los sótanos de la CIA, sino de los pasillos del Mossad y los intereses de Tel Aviv una completa y elaborada teoría de complot sionista. Dicen los defensores de esta tesis que el joven JFK, con su sonrisa de anuncio de dentrífico, cometió un pecado mortal para la geopolítica de la época: oponerse frontalmente al programa nuclear israelí. Kennedy, según cuentan, envió cartas que eran puñales diplomáticos a Ben-Gurión, exigiendo inspecciones en la planta de Dimona. No quería un Israel atómico que incendiara el avispero de Oriente Medio. Y claro, en ese tablero de ajedrez donde las piezas se mueven con precisión y guante de seda, Kennedy se convirtió en un estorbo. En esta trama aparecen nombres, vinculaciones muy casuales, y demasiadas personas con intereses cruzados, que suelen ser carne de cañón para ser tentado como agente del Mossad. Analicemos unos cuantos de ellos:
Jack Ruby: El tipo que liquidó a Oswald ante las cámaras. Judío, con conexiones con la mafia y un patriotismo tan sospechoso como su historial. Dicen que no lo hizo por vengar al presidente, sino para cerrar la boca que podía cantar la Traviata.
Yitzhak Rabin: Que por aquel entonces andaba por Dallas, según dicen las malas lenguas de la conspiración, "observando". Una coincidencia de esas que le hacen a cuaquiera arquear una ceja mientras se sirve otra copa.
Con los años, y cierta madurez, uno aprende que la explicación más sucia suele ser la más probable, pero no siempre la más novelesca. Atribuirle el magnicidio al sionismo es una carambola de tres bandas que olvida que en Washington, en 1963, a Kennedy le tenían ganas todos: desde los exiliados cubanos traicionados en Bahía de Cochinos hasta los generales del Pentágono que querían más guerra y sus Lobbys de la industria de defensa y complejo militar industrial.
"La Historia no la escriben los mejores, sino los que sobreviven para quemar los documentos."
Dallas fue un sumidero donde confluyeron demasiadas cloacas. ¿Hubo intereses sionistas? Quizás. ¿Fueron el motor del asesinato? John Fitzgerald Kennedy no era un pacifista de pancarta; era un hombre que había visto la guerra de cerca, desde la cubierta de una PT-109, y sabía que un mundo lleno de cerillas encendidas acaba siempre en incendio. Su doctrina era clara: la No Proliferación nuclear. Kennedy no toleraba que los aliados, y mucho menos los estados satélites, se salieran del redil atómico. Para él, un Irán nuclear habría significado el fin del equilibrio en el Golfo Pérsico, y así es conocido por determinados diplomáticos del Sha de Persia de la época. Con lo cual, todo parece indicar, que fue un hueso duro de roer por Israel. JFK no era de los que enviaban un tuit; enviaba inspectores o, en su defecto, cartas que hacían temblar las piernas al mandatario más pintado. Su oposición habría sido frontal, técnica y probablemente asfixiante en lo económico.El "teatro de sombras" de las inspecciones, las amenazas de sanciones y el espionaje que hoy vemos con Teherán es exactamente el mismo baile que JFK ejecutó con David Ben-Gurión.
"El problema de la energía atómica no es la física, es la naturaleza humana; y Kennedy conocía bien lo baja que puede llegar a ser esa naturaleza."
Si JFK no hubiera acabado con la cabeza destrozada en Dallas, es muy probable que el mapa nuclear del mundo sería hoy mucho más escueto. No por amor a la paz, sino por amor al orden. Kennedy sabía que en el tablero del mundo, cuando un peón se convierte en reina por la vía del uranio, la partida se acaba para todos.Aquí es donde la cosa se pone turbia, donde el archivo oficial se vuelve borroso y entramos en el terreno de los hombres que habitan despachos sin ventanas, y suelen moverse entre bambalinas. Si buscamos testigos de esa resistencia de Kennedy a que el club nuclear sumara nuevos socios —ya fuera en el desierto del Néguev o en las aspiraciones de cualquier potencia regional de la época—, no hay que irse a los libros de texto, sino a las memorias escritas de diversos protagonistas históricos de la geopolítica de ese momento.
Walworth Barbour (El embajador en la cuerda floja): Embajador de EE. UU. en Israel. Fue el mensajero que tuvo que entregar los ultimátums de Kennedy a Ben-Gurión y, más tarde, a Levi Eshkol. Barbour fue testigo de la tensión eléctrica de aquellas fechas: Kennedy llegó a amenazar con el aislamiento total si no se permitían visitas semestrales a las instalaciones nucleares. En diplomacia, eso es lo más parecido a declarar la guerra a un amigo. Incluso llegó a comentar a varios amigos que escuchó alguno de los subordinados del primer ministro Israelí, que "a ese cerdo hay que degollarlo. "
Meyer Feldman (El hombre del puente): Asesor de la Casa Blanca y enlace con la comunidad judía. Feldman vivió el desgarro interno de la administración. Fue testigo de cómo Kennedy, a pesar de las presiones electorales y del lobby interno, no dio su brazo a torcer. Él vio cómo el presidente separaba la supervivencia de un Estado de su derecho a poseer el arma definitiva."En política, lo que no se escribe es siempre más importante que lo que sale en la prensa; y lo que Kennedy decía en privado sobre el peligro atómico hacía que a muchos en el Pentágono les entrara un sudor frío."
La sombra del Sha: Y si miramos hacia Irán, el testigo es el propio Mohammad Reza Pahlaví. El Sha siempre recordó con amargura que Kennedy no lo trataba como a un aliado de hierro, sino como a un monarca voluble al que había que vigilar de cerca. Kennedy le impuso reformas sociales y limitaciones militares que el Sha solo pudo sacudirse cuando JFK desapareció de la escena y llegó la manga ancha de Lyndon B. Johnson.
Al final, todos estos testigos coinciden en una cosa: Kennedy era un estorbo para los que creían que el orden mundial se mantenía a base de ojivas. Dallas cortó en seco esa política de "mano dura" contra la proliferación. Después de los disparos en la Plaza Dealey, la presión sobre los programas nucleares extranjeros se relajó sospechosamente.
Ustedes saquen sus propias conclusiones, pero en este tablero, los que vigilaban el uranio fueron los primeros en mirar hacia otro lado cuando el presidente cayó.
